Phillip H. Brubeck G.


Nací en la ciudad de México en 1958, pero viví la plenitud de mi infancia en Monclova, ciudad del norteño estado de Coahuila, en México, donde los rayos solares del semidesierto fijaron en mi ser el amor por la lectura, con un apasionamiento especial en el Poema del Mío Cid, convirtiéndome en un devorador de libros. Los resultados no se hicieron esperar mucho, alejado del terruño querido, por razones de estudios, en medio del valle de asfalto, vidrio y concreto del Anáhuac, cuando tenía dieciséis años de edad brotó el impulso creador de las letras a través de poemas y narraciones. Mientras estudiaba Derecho, el amor o la soledad, el espíritu de consejo o consuelo a los amigos, impulsaron la pluma para plasmar en el papel cuentos y reflexiones, muchos de ellos siguiendo las enseñanzas de Hermann Hesse, Vargas Llosa, Azorín y otros grandes maestros; algunos de de estos escritos se publicaron al inicio de la década de los ochenta en la revista La Familia Cristiana de la ciudad de México. En 1981 vio la luz la primera edición del “Código del Amor para el Noviazgo”.

Concluidos los estudios de licenciatura en Derecho y la especialidad en Filosofía Política y Social regresé al terruño donde estuve nutriéndome durante un año, ahí el periódico La Opinión de Monclova publicó mis cuentos durante varios meses. 1985 marcó otro cambio, el trabajo me llevó a la ciudad de Durango que me acogió en su hospitalario valle del Guadiana, donde empecé como articulista en el periódico La Voz de Durango, un par de años después estuve como reportero en ese medio y en el periódico El Siglo de Torreón.

Escribir de manera constante es el impulso vital, la razón de ser, me di cuenta de ello cuando languidecía después de un largo período en que no había escrito nada literario estrictamente mío, con la reflexión “Reencuentro” encontré un vez más el tiempo para esta pasión sin abandonarlo más, para deleitarme constantemente en la diversión de escribir. En esta nueva época me afilié a la Red de Escritores de Durango y a la Sociedad de Escritores de Durango.

Mis escritos se han publicado en los siguientes periódicos, revistas y páginas electrónicas:

- Periódico “La Opinión de Monclova”. Monclova, Coah.
- Revista “La Familia Cristiana”. México, D.F.
- Periódico “La Voz de Durango”. Durango, Dgo.
- Periódico “El Siglo de Torreón”, Sección “El Siglo en Durango”. Durango, Dgo.
- Periódico Semanario “Día Siete”. Durango, Dgo.
- Revista “Contraseña”. Durango, Dgo.
- Suplemento cultural “Salamandra” de la revista “Integridad”. Gómez Palacio, Dgo.
- Periódico “El Siglo de Durango”. Durango, Dgo.
- Revista “Red Acciones”. Durango, Dgo.
- Revista “Nosotros”. Córdova, Ver.
- Revista electrónica "www.redesdepoder.com.mx" México, D.F.
- http://firgoa.usc.es Universidad de Santiago de Compostela, España.
- www.newstin.es España.
- www.cedus.cl Centro de Documentación Universitaria, Universidad de Los Lagos. Osorno, Chile.
- www.escritores.org  España.
- Revista “Cantaletras”. Durango, Dgo.
- Revista "Foto Periodismo". Guadalupe, Zac.
- Periódico "Órale que chiquito!!" Durango, Dgo.
- Revista “Nuevos criterios.” Durango, Dgo.
- Revista “Creo en la familia”. Durango, Dgo.
- Revista “Cordillera”. Durango, Dgo.
- Periódico “Hojas Políticas”. Durango, Dgo.

Libros publicados:

- Código del Amor para el Noviazgo en materia del fuero común. Ediciones Paulinas, S.A., México, 1981. Ediciones Bellas Letras, Durango, 2008, 2010.
- “La niña del sombrero”. Cuento publicado como “Una gran amistad” en Antología Red de Escritores Independientes de Durango, A.C., Instituto Municipal de Arte y Cultura, Durango, 2007.
- “Ausencia” y “Por un pelito”. Cuentos publicados en Antología Red de Escritores Independientes de Durango, A.C., Instituto Municipal de Arte y Cultura, Durango, 2008.
- Encuentro de Mentes: el éxito en los negocios. Ediciones Bellas Letras, Durango, 2008.
- Rumbo a la civilización del Amor. Ediciones Bellas Letras, Durango, 2009.
- Libre. Instituto de Cultura del Estado de Durango, Durango, 2013.

Textos: Philip H. Brubeck G.

EL AMOR LLEGÓ.

A Carmen Alicia.


El amor llegó transportado por el viento del norte; bajó arrastrado desde la sierra llenándose del perfume de los pinos; avanzó al ritmo de las percusiones de los pájaros carpinteros y los cantos de las aves del bosque, en el lomo del venado.

Su roce penetró el ambiente gélido de la soledad, invadió el espíritu del lobo solitario vagabundo de la estepa.

En medio del invierno convirtió en vergel al páramo helado, vistió a la caliza pradera norteña con ropajes de múltiple colorido transformándola por completo, la envolvió con su cálido contacto para devolverle la vida.

En su morral traía consigo la dulce sonrisa de brillo ambarino, miradas de eterna compañía, caricias para rehidratar la piel del alma resquebrajada por la prolongada exposición a la aridez del desierto.

Al centro del valle el cierzo se arremolinó, en su núcleo fusionó dos almas tan disímbolas entre sí para hacerlas una sola sin perder la identidad. Se elevó y las llevó a viajar por las alturas de la eternidad donde solo existen la armonía y la paz.

El amor llegó, tomó carta de residencia para enraizar el constante vuelo del águila que parecía no tener fin, pero nunca le cortó las alas ni le robó la libertad.

El amor llegó, se ha quedado para siempre, nada... nada lo podrá ahuyentar.


14 de febrero de 2015.


¿QUÉ ATONTA MÁS?


Con mucho esmero, la joven puso a dorar el arroz mientras en la licuadora molía el jitomate con un poco de ajo, cebolla y comino. Cuando los granos adquirieron ese color amarillito vació el caldo que chisporroteó al hacer contacto con  el aceite hirviente. Lo revolvió todo bien y tapó el sartén para que siguiera el cocimiento como su madre le había enseñado.

Tenía la obligación de esmerarse, esa tarde iría a comer su novio, lo había invitado porque al fin, después de varios meses de salir juntos lo iba a presentar a sus padres y anunciarles la formalización de su relación.

Cortó la carne de res en cuadritos, la puso a guisar en la manteca de cerdo, le agregó las papas y una salsa espesa de chile pasilla, bajó el fuego y tapó la olla para dejar sazonar.

Cuando estaba lavando la lechuga para preparar la ensalada, escuchó el tono de su teléfono celular, se secó las manos en el delantal para accionar correctamente el aparato comunicador. Al ver la pantalla se dio cuenta que le acababa de llegar un mensaje de texto que le había mandado su novio, por lo que ansiosa, sin perder ningún segundo más, apretó la tecla para que se lo mostrara.

“Mi adorada Edalmera
tú eres la flor más bella de mi jardín,
en mi corazón eres la mera mera
y ahí estarás hasta de mi vida el fin.”

Extasiada por la precisión en la rima de los versos y el contenido, se quedó mirando el mensaje por varios minutos, era el poema más bello que le había enviado desde que se hicieron novios. Aún y cuando se veían todos los días, él siempre encontraba un pretexto para estarle enviando mensajes a través del celular.

Pensó unos momentos lo que le iba a contestar hasta que una chispa brilló en sus ojazos negros.

“Mi valiente Rodimiro,
se me queman las habas por verte,
que en todo momento suspiro
por la dicha de tenerte.”

*****
El timbre le anunció que había llegado la respuesta, la leyó arrobado en la parada del autobús urbano, por lo que no se percató que este había llegado, bajaron unos pasajeros, subieron quienes lo estaban esperando y siguió su marcha. Cuando levantó la vista, Rodimiro se dio cuenta que estaba solo y a cincuenta metros iba ya el autobús que debía de haber abordado, ahora tendría que esperar quince minutos más para que pasara el siguiente. Lo bueno es que aprovecharía el tiempo para mandarle otros mensajes a su amada.

Así pasaron raudos los minutos, entre mensaje y mensaje, unos de acá para allá, otros de allá para acá. Hasta que al fin llegó el autobús, venía a reventar, mecánicamente metió el teléfono en la funda que traía en el cinturón, puso un pie en el estribo y se colgó para iniciar el viaje, cogido fuertemente a la agarradera de la puerta. Alegre, sus cabellos negros se agitaban con el aire, como las cerdas de una escoba frente a un ventilador. Diez cuadras adelante, bajó la suficiente gente para poder penetrar al pasillo del vehículo, donde colgado del tubo con la mano izquierda, apretado por los demás pasajeros, sacó su teléfono con la diestra, y con toda destreza, a una sola mano estuvo mandándole más mensajes a la protagonista de sus sueños.

*****
Mientras esperaba la reanudación del diálogo de mensajes de texto, Edalmera se quedó pensando en su apuesto galán, moreno como el cacao, voz ronca, macizo como el mezquite, apuesto hijo de Sahuatoba.

Se acordó de la forma en que se conocieron, él iba caminando por la calle mientras enviaba mensajes de texto a través de su teléfono móvil. Había adquirido una increíble habilidad para caminar mientras tenía concentrada su vista en la minúscula pantalla donde podía hacer saltar cuatro caracteres por segundo. Era una especie de radar que le permitía a sus pies moverse por entre la gente, casetas telefónicas, postes y demás señalamientos sin chocar, ni tropezarse con los accidentes de las banquetas. Ella iba hablando por teléfono a una amiga de la universidad, se distrajo un momento en un aparador cambiando de manera intempestiva frente al aparador de una tienda que exhibía unos vestidos preciosos. Fue este movimiento el que hizo que él no pudiera cambiar el rumbo para esquivarla, con la fuerza del choque ella tiró sus libros. Apenado por el percance, él se ofreció a ayudarle a recogerlos, luego intercambiaron los números telefónicos dando así inicio a esa relación multimedia.

También se puso a recordar como la abrazaba, sentir sus brazos recios sobre sus hombros dándole toda la protección y seguridad que requería, así como la calma que le comunicaba cuando estaba con él robándole la facultad del habla, por eso ella permanecía en silencio adorándolo como a un gran dios.

*****
El joven muchacho levantó la vista, se dio cuenta que ya nada más le faltaba una cuadra para la parada en la que debía bajar, con empujones fue abriéndose paso, hasta que llegó a la puerta justo en el instante en que el chofer reanudó la  marcha con la puerta abierta, por lo que con el camión en movimiento saltó, pisó tierra moviendo los pies con agilidad a efecto de mantener la velocidad de la inercia y evitar la caída.

*****
Un fuerte olor invadió la sala de la casa, el humo denso se escurría desde la cocina, los ojos negros de la joven se abrieron como comales del mercado.

- ¡Jesús, mil veces! Ya se me quemó el arroz.

Se levantó como si la hubiera catapultado un resorte que reventara el tapiz del sofá, dejó el teléfono sobre la mesa de centro, corriendo entró en la cocina, cerró las válvulas de la estufa, levantó la tapa del sartén para evaluar el daño. Definitivamente era irremediable, de inmediato revisó el guisado, por suerte todavía le quedaba un poco de caldillo, ya estaba en su punto.

En eso se percató que había dejado abierta la llave del fregador donde el chorro del agua saltaba sobre las hojas de la lechuga antes de irse por el resumidero.

- ¡Ay Dios mío! No sé qué voy hacer, en unos minutos más debe llegar mi Rodi y no tengo sopa, además de la pestilencia que impregnó toda la casa.

*****
Tenía prisa por llegar, tenía el radar activado, sus pasos lo llevaban sorteando árboles, postes y transeúntes. Seguía mandándole mensajes a su Edalmera, la mera mera de su corazón, los dedos se movían con agilidad aplastando las letras del teclado digital, pues nada más importante que mantener esa unión textual en todo momento, sin haberle extrañado que desde unos minutos atrás ya no recibiera ninguna respuesta. Le decía que ya nada más unas cuantas cuadras la separaban de ella para caer rendido en sus brazos. De pronto, pisó mal el borde de concreto de un hoyanco en la banqueta, el pie se dobló hacia afuera, perdió el equilibrio, justo al caer hacia el arroyo de la calle pasó un ciclista que no pudo frenar ni desviarse, por lo que lo golpeó en un costado. motivo por el cual, ante la unión  de las fuerzas de los vectores hizo más estrepitosa la caída sobre un charco.

El ciclista se levantó dejando la bicicleta en el suelo, solícito se acercó a Rodimiro disculpándose, diciéndole que no había sido su intención atropellarlo, él iba circulando bien a la orilla de la calle y no se explicaba cómo habían sucedido las cosas. Le preguntó si estaba bien e intentó ayudarlo, pero el caído se quejó del fuerte dolor en su tobillo que se negaba a sostenerlo, pero lo que más le calaba era su teléfono, lo revisó, nada más se habían saltado la tapa y la batería, por suerte no se había dañado.

¿Cómo le diría a Edalmera que estaba todo sucio, a escasos cincuenta metros de ella, sin poderse levantar?

*****
A final de cuentas, yo te pregunto mi estimado lector, ¿qué atonta más?, ¿el amor o el celular?
 
 

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