Fernando José Baró

Fernando José Baró (Madrid, 1966) Escritor. Anticuario. 

En Verbo Azul tiene publicado un breve ensayo sobre el desamor en 2004, En torno al desamor, más de 100 relatos en cuadernillos de Alcorcón, un libro presentado en la Feria del libro de Alcorcón en 2005, Nueva Residencia y otros relatos, y colaboración en un libro editado por el Café Gijón en conmemoración del IV centenario de la publicación del Quijote, El Quijote en el Gijón (2005) así como en el libro Madrid a Miguel Hernández (Desde el Café Gijón) (2012).

Asimismo ha colaborado en la Semana Cultural de la Villa de Gascueña (Cuenca) donde presentó la obra Historias de la Alcarria (2007) Ensoñaciones (2008) Venganza (2009)  La dama inmóvil (2010) Retales (2011)  Tomar partido (2012)   El lado oscuro (2013)  y Las arrugas del alma (2014).  Dio el pregón de las fiestas de la Villa de Gascueña el verano de 2008.

Ha publicado también junto a otros autores conquenses el libro Gascueña, luz poesía y pensamiento (2008). En la colección Alcorcón a la imaginación de A.E.A Alfareros del Lenguaje ha editado Las arrugas del alma, 2014; Lujuria, 2015 y Rimas, 2014, este último bajo el seudónimo de José Terrón. 

Con la editorial ENTRELÍNEAS vio la luz en 2015 El marqués de Alféizar, las memorias de un marqués decimonónico abrasado por la pasión de querer y en septiembre de 2016 REDES y otros relatos con CVC Ediciones, historias tejidas a base de sentimientos con una segunda edición en enero de 2017. En este mismo año presentó en la Feria del Libro de Madrid (Retiro) Cuando éramos reyes con la editorial ENTRELÍNEAS. Libro de relatos, de nostalgias, de recuerdos, de añoranzas.

Fue premiado en Verbo Azul por la obra Ausencia de ti (2001) y finalista en el Primer Certamen Literario Verbo Azul por la narración Cambio de rumbo (2004).

         
Texto: Fernando José Baró

TU AÑORADO ESCRITOR 
Tal vez mi escapada definitiva a este pueblo castellano alejado y algo perdido, tenga que ver con tu ausencia; o seas una mera justificación no culpable de mi alma solitaria, ya cansada de derrotas.

Fuiste y eso si te lo puedo asegurar mi última y más querida ilusión tras mi definitiva y más dolorosa pérdida. La verdad es que los Dioses siempre me trataron bien; fueron benévolos conmigo. Hay quien lo llama buena suerte. Quizás por eso las únicas derrotas de mi vida han sido excesivamente dolorosas al no estar acostumbrado a perder. 

Pero hago un alto en esta sinfonía ácrata de ideas y me paro a recordarte y siento tu añoranza y me duele tu ausencia. Yo también mi querida rubia, mi adorada ilusión; te echo de menos. Para mí, también fue importante nuestra primera despedida y esos dos besos que nos dimos, cargados de imperiosa necesidad y de verdadero amor. Quise decirte muchas cosas antes de que te fueras pero a mí, tampoco me salieron las palabras. Te echaré de menos -me dijiste. Yo ya lo estaba haciendo y aún no te habías ido.

Las siguientes noticias fueron que te acordabas de mí y que no entendías qué te pasaba conmigo; que volviendo a casa después de trabajar, te ponías a pensar en mí. Afirmabas estar tonta y te preguntabas si a mí, me ocurría lo mismo. Creo que a ese sentimiento lo llaman amor. Me sentiría el hombre más dichoso del Mundo si cada mañana al despertar lo primero que vieran mis ojos fuera tu cuerpo junto al mío en mi lecho. Creo que esta declaración responde a todas tus preguntas.

Vienen a mi mente las palabras de mí admirado escritor leonés nacido en el desaparecido pueblo de Vegamián: A partir de un momento de la vida las pérdidas afectivas pesan más que aquello que has alcanzado. Y tu ausencia para mí; representa una dolorosa pérdida.

Ahora mi vida es tranquila; tal vez excesivamente. No tengo relación estrecha con ninguno de los pocos habitantes de la villa, pero me llevo bien con todos ellos. Dedico el día a pasear, leer, escribir - nunca he dejado de hacerlo - contemplar la naturaleza y echar de comer a mis gatos. El pasado verano una gata a la que llamé Diana, parió cinco crías en mi corral y desde ese día, ella y sus cinco gatos, no dejan de acudir a él. Allí pasan las noches y vienen a comer a diario. El resto del tiempo vagabundean por el pueblo; afortunadamente son libres.

Compré a Jesús Guillén; labrador del pueblo, una burra a la que con la aportación de mi querida sobrina Tania que vino unos días a visitarme, llamé Alazana. Los burros fueron introducidos en Andalucía hace tres mil años. Alazana pertenece a la raza conocida como andaluza o cordobesa. Está considerada la raza de borricos más antigua de Europa. Tienen gran alzada, son robustos, de cuello musculoso y grupa redondeada. Son de color claro (rucio) y de pelo fino, suave y corto. Suelen ser de temperamento tranquilo y apacible. Muy enérgicos y resistentes.

Alazana es blanca con leves manchas oscuras; no va acorde con su nombre, ya que el color de su pelo no es canela, dorado, vinoso, anaranjado ni tostado; pero tanto a Tania como a mí nos gusto llamarla así. Nos pareció un nombre bello y musical y ya no podríamos nombrarla de otra forma. Es lista, muy agradecida y le gusta sentirse querida. Además de la cebada y el pan duro que come a diario; degusta nabos, zanahorias, calabazas y fruta de temporada.

En primavera, verano e incluso en otoño disfruto tanto o más que ella cuando tras ponerla la montura, damos largos paseos por los alrededores de la villa o nos acercamos a Tinajas, que solo está a seis kilómetros. Otras veces subimos a las ruinas de la ermita de San Ginés, a disfrutar de maravillosas vistas, al derruido castillo árabe o nos dejamos caer, atravesando olivares, a unas cuevas prehistóricas a más de una hora de camino del pueblo.

La otra tarde viví una extraña situación. Iba de vuelta a casa, montado en Alazana como de costumbre. Se nos había hecho más tarde de lo habitual y empezaba a anochecer. Para complicar más el retorno, comenzó a llover copiosamente. Tras bajar un cerro, apareció ante mí, tras unos paraísos, una posada desconocida hasta el momento. Quizás me había perdido sin darme cuenta, pero tampoco había recorrido un trecho tan largo como para alejarme del termino conocido y nunca había tenido noticias de esa venta. Tras dejar atada a la burra bajo un porche; entré en la posada y me sorprendió ver en pleno siglo XXI a todas las personas que allí se encontraban vestidas con la indumentaria de finales del siglo XIX. Me acerqué a la barra y pedí una jarra de vino.

-¡Qué! ¿Celebráis alguna fiesta o baile de disfraces? -pregunté al posadero.

-Para bailes estamos - me respondió entre abatido y algo enojado por la pregunta.

-¡Vamos de entierro señor! -apostillo una señora que estaba recogiendo las mesas.

¡Una verdadera lástima!; veintinueve años, tan joven y tan guapa. Doña Saturnina; una de las mejores maestras que hemos tenido, y ya ve usted.

El silencio invadió la posada durante unos segundos.

-Al vino está invitado. Lo siento, pero vamos a cerrar -me dijo el posadero.

Salí acompañando a la comitiva, intrigado por aquella inhóspita situación. No llevábamos caminando ni diez minutos y bajando una cuesta apareció un pueblo desconocido por mí hasta entonces. Creí que íbamos derechos al cementerio pero los lugareños cada vez más numerosos bordearon la iglesia del pueblo y detrás, en un recoleto, sombrío y frío patio; dieron sepultura a la joven, entre los llantos y lamentos de familiares y amigos. Un escalofrió recorrió mi cuerpo pensando que aquella mujer a la que estábamos enterrando tenía tu misma edad. Pensé en ti, mientras la tierra golpeaba secamente la caja mortuoria donde yacía la joven maestra.

Volvimos cabizbajos y en silencio a la posada y después de despedirme del posadero y algunos acompañantes del sepelio, aún desconcertado por la vestimenta de la gente de aquel pueblo desconocido; preparé los arreos a Alazana para la vuelta a casa. Había dejado de llover. Antes de irme, pregunté a un labrador que entraba en la venta, el nombre del lugar en que acabábamos de enterrar a aquella joven.

Carrascosa del Campo -contestó.

Llegué a casa sin saber si era real lo vivido o por el contrario todo había sido un sueño. Carrascosa del Campo está a 40 kilómetros de allí. Era imposible recorrer lo andado, en tan poco tiempo.

Esa noche me costó coger el sueño. Todo lo vivido desde que aquella posada había surgido ante mis ojos era algo absurdo, irreal, pero había sido así. A la mañana siguiente me puse al volante de mi coche y lleno de dudas fui a Carrascosa. Al llegar, ví que era un pueblo mas bien moderno y que la gente no vestía como el día anterior. Corrí al patio trasero de la iglesia y me sobrecogió leer en la lápida donde habíamos enterrado a la joven maestra:
AQUI YACE Dª SATURNINA
GARCIA Y Gª MAESTRA DE

NIÑAS. FALLECIO EL 26 DE

MARZO DE 1875 A LA EDAD,

DE 29 AÑOS.

R.I.P.
¿Fue sueño, realidad, imaginación o nebulosa quimera? No sé..... Lo único que tengo claro es que tu añorado escritor inventa esta misteriosa, becqueriana e irreal historia para evadirse de tu dolorosa ausencia. Porque tu añorado escritor, querida y deseada rubia; también te añora.


                                                                          Madrid, enero de 2007

1 comentario:

Paloma Torrijos dijo...

He leído tu relato al buscar sobre Saturnina al hacer la foto de su tumba

Soy de Loranca, junto a Carrascosa