Juan José Alcolea Jiménez

Nace el 26 de Enero del 1946 en Badajoz, para inmediatamente volver al lugar en donde fue concebido, Socuéllamos, en el corazón mismo de la Mancha. Allí trascurre toda su infancia y juventud, y allí, al calor de la lumbre en los inviernos, su madre, extremeña, recita poemas de Gabriel y Galán, mientras su padre declama a los románticos. Esta experiencia le deja un poso dormido durante muchos años.Es pues en la llanura manchega y entre sus gentes, donde se forja su personalidad, y a lo largo de toda su obra se puede observar la influencia de este escueto y amplísimo paisaje y de la austera forma de ver la vida, tan propia del campesino manchego.En 1970 llega a Madrid en donde alterna su trabajo en una empresa financiera con sus estudios mercantiles. Hacia principios de los años noventa empiezan a crecer sus inquietudes literarias, y sucesivos premios en la Universidad Popular de la antedicha ciudad le hacen plantearse que quizás sea la literatura su vocación tardíamente encontrada.Desde entonces, la búsqueda del tiempo perdido es una constante en su poesía, así como la dialéctica del encuentro-desencuentro entre el poeta y la palabra, muchas veces elaborada desde una visión ascético–mística.Poeta, pues, de vocación tardía, pero que ha encontrado por fin lo que siempre ha estado buscando y se siente agradecido por este encuentro.

Especificar afinidades y gustos es harto complicado, pero San Juan de la Cruz, Quevedo, Fray Luis, Bécquer, Machado, junto con algunos miembros del 27, han marcado profundamente su quehacer, teniendo siempre en cuenta las debidas carencias en su acerbo de lecturas poéticas motivado por la antedicha tardía llegada a la poesía. En su haber figuran alrededor de un centenar de premios literarios y, sobre todo, una inmensa pasión por la encontrada magia de la escritura.

Felizmente prejubilado, en la actualidad está integrado en el grupo literario de Alcorcón “Verbo azul”, de cuya “Aula itinerante de poesía”, fomentada por él mismo, forma parte. Asímismo codirige, junto con Ana Garrido y José Tomás Romero, la revista de dicha asociación “La hoja azul en blanco”. Además colabora en múltiples actividades literarias entre las que no es la menos importante su adscripción a Poesiapura.com., lugar de encuentro como pocos en su corta vida literaria.

Bibliografía

- ”DEJADME MI LIBERTAD" premio "Hermanos Argensola" Ayuntamiento de Barbastro 1999.
- “ESTA TURBIA CORRIENTE”, Asociación Editorial “Verbo Azul”, Alcorcón 2002.
- “DONDE EL AIRE”, Antología PROEMIO TRES, Edición Certamen Literario Artifice de Loja, Agosto 2003.
- “SIN MÁS DEMORA”, IX Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina-Ciudad de Cieza, 2004.
- “PUES FUI DE LLAMA AMOR, ESTAS CENIZAS”, XII Premio Nacional de Poesía “Poeta Mario López”, Bujalance, 2005.
- Antología XXII Certamen de Poesía “La Bufanda” 2005, Coslada.
- “CERCO DE SOMBRAS”, Asociación Editorial Verbo Azul, Alcorcón, 2005.
- “PAISAJES PARA UN ATARDECER” , VIII Premio Internacional “Luis Feria” Universidad de La Laguna, 2006.

- "HAY UN HOMBRE DESNUDO SOBRE EL LINO" Marcelino Quintana 2010, Arucas.
- "CUADERNOS DE SOCUÉLLAMOS". Diputación Provincial Ciudad Real, 2011.
- "CUANDO LOS NOMBRES ESTÉN DADOS". Pastora Marcela 2012 Campo de Criptana.
- "EL BLANCO MINERAL". Premio García de la Huerta, Zafra, 2013.
- "CALENDARIOS DISPARES Y OTROS POEMAS". Poemario en colaboración con Ana Garrido, editado por Lastura.
- Revista “EN ALZA” de Castilla-La Mancha.
- Revista de creación literaria “Pan de trigo”, La Solana.
- Revista de creación literaria MANXA, Ciudad Real (Grupo Literario Guadiana).
- Revista de creación literaria “CALICANTO”, Manzanares.
- Revista de creación literaria “La Hoja azul en blanco”, Alcorcón.
- “Diecisiete años de Poesía en veinte años de Café” Editorial Vitruvio, “Cafetín Croché", Mayo 2002 (Antología).
 


Poemas: Juan José Alcolea
LLUEVE

Está languideciendo lentamente
la luz por esta tarde en que se apoya
noviembre en el cristal de mi ventana.

Llueve.

Con esa mansedumbre de una madre
que al pecho tiene el hijo que amamanta,
está lloviendo azul toda la tarde
sobre la piel del patio y la azotea.
Los pensamientos
llevan manchas de tinta entre las manos
y el tacto de las nubes
se posa en la costura de los muebles
como un tapiz que sueña en mil baldosas
los gritos de un tropel que ahora es ausencia.

Todo parece lágrima y penumbra,
todo consumación y lenta espera.

Llueve.

Miro el jardín y llueve,
miro la escucha gris de las aceras
y mansamente llueve,
por la sed de las canales,
por las ubres de las tejas llueve,
por las erguidas copas de los álamos,
por un tempo en la música de Mahler llueve.

No deja de llover.
Todas las horas
calladamente asidas de un paisaje
que tiembla en el dolor de cada gota
como el sueño redondo de una hembra
que arroja su misterio hasta la vida.

Y llueve,
podrá llover, amor, toda la noche
con un sabor de labios y de dedos.

Abrázame,

no dejes que me vaya,
que está lloviendo, amor, tan mansamente,
tan cerca del silencio y la caricia,
que temo que la noche me despierte
y, ajena tú de mí,
me hunda en su llanto.


“esa mujer que duerme en su propia tristeza

 y la que ahora se ha puesto de pie

en los alrededores de la duda.”

Ana Garrido
Morir a cada instante,
alzar en cada muerte una pregunta,
dejar en los sudarios inconclusos
las trazas del dolor,
buscarle a tientas costumbres a la luz,
como si nadie
hubiera insinuado aún nuestra sombra,
como si todo
se fuera a reinventar en nuestro nombre.
Y no llegar hasta después de tarde,
la boca azacanada por la lluvia,
los ojos desterradamente abiertos,
el tacto humedecido, y, en la lengua,
las huellas de una voz,
algunos versos
y el canto de los bosques aprendidos.
Admitir la derrota no es tan fácil,
encontrar la memoria
como un resto tan sólo por salvar,
y entregar el futuro
en otras manos,
es ponerse en la piel luz de mercurio
y abdicar de la prisa en tiempo muerto.

Pasar a ser silencio transitable,
amueblado favor
de un fondo de pared
y esperar que la muerte te desgaste
es un lento ejercicio de paciencia. 

Podría ser distinto si estuvieran
los troncos más hundidos en lo intacto,
si al perderse la luz
hubiera indicios
de vida en las raíces de lo incierto.

 Pero ignoras quién hizo las preguntas,
quién forma el tribunal
y en qué conceptos
la pena capital es ser ya nadie.
Admitir la derrota no es tan fácil,
¿puede el ala volar
si ha muerto el aire?







Llovía,
 el agua golpeaba en los cristales
como un temblor
de niños en sospecha.

 La nubes oficiaban en sus bocas
el rito de abrazarse con los árboles
y en un rincón de nombres circuncisos
la espuma acumulaba alumbramientos.

 La luz no era más luz que la posible
y el suelo imaginaba las farolas
en un trasdós de bosques subterráneos.

Fue muy fácil morir,
cuando la herida
las gotas de la lluvia le besaban. 

No hay comentarios: